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miércoles, 6 de junio de 2007

Apagado del celebro y experiencias mega religioso-filosóficas


“Se sintió incorpóreo. Se vio a si mismo saliendo de su piel y elevarse por los aires. Miró abajo y vio un vehículo, el suyo, volteado boca arriba, con las llantas traseras dando vueltas aún. Personas que intentaban ayudar, curiosos que se acercaban y sonidos de ambulancias se escuchaban en la lejanía. Luego ingreso en un túnel oscuro, con una atractiva y brillante luz al final”.
Seguro que alguna vez habrán escuchado algún tipo de historia parecida a esta, que a mi parecer constituye un lugar común de la vida misma.

Este tipo de sucesos han sido recreados en la televisión y el cine hasta la saciedad de manera que si algo parecido nos pasa al momento de la muerte ya no nos ha de sorprender.

Lo que nadie parece saber a ciencia cierta es lo que sucederá después, los más triste sería que nada. Pero también hay cantidad de testimonios al respecto, los cuales ameritarían otra nota. La mayoría de ellos relatan casi siempre encuentros religiosos.

Lo interesante es que este tipo visión parece ser una experiencia universal que no depende del credo de quienes son declarados, aunque sea por unos segundos, clínicamente muertos. Cientos de personas alrededor del mundo y de diversas religiones han declarado haber ‘vivido’ más o menos las mismas sensaciones.

La explicación científica del fenómeno la escuche en Discovery Chanel hace ya algunos años y me sorprendió su simpleza. La visión del túnel con la brillante luz al final no es más que el proceso de apagado del cerebro.

Alguna vez vieron un viejo televisor al momento de ser apagado. El de mi abuela cuando se le daba vuelta a la perilla ‘Power’ permanecía semiprendido unos cuantos segundos, la pantalla se oscurecía progresivamente desde los contornos y un círculo de luz se concentraba en el centro del monitor, hasta que la luz desaparecía totalmente.

Los científicos dicen que algo parecido le pasa al cerebro al momento de la muerte, cuando el cuerpo deja de producir la energía suficiente para alimentarlo.
En cuanto a las otras experiencias como el cambio de perspectiva o elevación, los encuentros religiosos, sin mencionar el hecho de que la vida pase ante tus ojos en el último momento de morir, podrían deberse al mismo proceso.

He leído que pacientes con epilepsia a los que la enfermedad les afecta uno de los lóbulos del cerebro (creo que el temporal) entran en un trance abundante en experiencias y visiones mega religiosas o de carácter ultra filosóficas.

Me pregunto si eso será lo que ocurre con quienes son tan afortunados como para volver de la muerte y contarlo.

sábado, 19 de mayo de 2007

Si la vida quiere

La historia de este desencuentro, se la escuche por accidente a un hombre joven y anónimo que se sentó en el bus, un puesto detrás del mío. Se la contó a su acompañante y yo la reproduzco ahora con las licencias de la memoria, y como dice Borges, la buena o mala literatura.

Relato.-
Bajaba con mi hermana tomada del brazo por las escalinatas del cerro, cuando de pronto sentí que alguien me miraba.

Volteé a ver y me encontré con unos ojos cafés, fijos, posados sobre mí. Los ojos eran de Sofía, una ex novia a quien no veía y de quien no tenía noticias por lo menos hacía un lustro.

Estaba semiescondida tras una columna del portal de una vieja casa, la luz del la tarde iluminaba su rostro, pero su cuerpo permanecía en la cuasi oscuridad; parecía que había dejado de verla apenas una semana atrás: ¡no había cambiado nada!

Le dije a mi hermana que se adelantará y me devolví a saludarla.

Le di a Sofía con un beso suave, pero enfático sobre la comisura de la boca; no protestó.

- ¿Qué haces por aquí? - le pregunté.

- Visitaba a una amiga – dijo señalando con el pulgar hacia la calle que se extendía a sus espaldas.

- ¿Qué ha sido de tu vida?, he intentado contactare un par de veces, pero el teléfono ya no es el mismo. - dije.

- Muchas cosas cambian en 6 años – se encogió de hombros –, yo sí he tenido noticias suyas.

A lo cual sólo pude responder asintiendo con la cabeza y esbozando una nerviosa sonrisa; luego de un silencio incomodo, pregunté:

- ¿Tienes un nuevo teléfono?

- Unjhu...

- ¿Cual es el número? - dije mientras sacaba del bolsillo mi celular para agregarla a mis contactos.

- ¿Y usted como para qué lo quiere?

- Ah, ahora ya no me tuteas.

- No tengo porqué.

- O sea, que ni siquiera podemos ser amigos.

No respondió.

- De nada valdría pedirte entonces que nos veamos en otra ocasión.

- Si la vida quiere que nos volvamos a encontrar, nos veremos, de otra forma no – sentenció.

Se despidió con un simple ‘adiós’ y cuando huía, al atravesar la calle corriendo, casi es atropellada por un bus que tuvo que frenar para que ella atraviese.

Tuve ganas de seguirla, de arrodillarme ante ella, pero el orgullo y más el recuerdo de mi hija, que de mi esposa, me detuvieron. Ya no pude sacarme de la cabeza sus palabras: ‘Si la vida quiere…’.

jueves, 26 de abril de 2007

Peces de colores con memoria regrabable continua


Cualquiera que leyera este título se imaginaría que hablo de una nueva mascota tecnológica (robot) producida en la China.

Pero me refiero a los hermosos pececitos de colores que muchos tienen en casa.
Hace mucho tiempo supe por un dato anecdótico de una película cuyo nombre ya no recuerdo, que estos animalitos tenían una memoria de sólo 30 segundos.

Es decir, que no pueden recordar nada que hubieran experimentado antes de ese tiempo. Pero creo que la memoria a mí también me traicionó porque en la web me encontré lo siguiente:

“Los peces de corales sólo tienen 3 segundos de memoria, si tardan 3 segundos en dar una vuelta a la pecera es como si te hubieran visto por primera vez...”, dice una blogger que se hace llamar Perduto en una bitácora que parece abandonada y que se titula precisamente
La memoria de los peces.

Imaginen las implicaciones de lo que pretenciosamente he llamado memoria regrabable continua. Porque la imaginó como una diminuta cinta de cassette que sólo se puede ir grabando a medida que el final de la cinta se va borrando.

Si estos pececitos sólo pueden recordar lo que les pasó, máximo hace tres segundos, ni siquiera reconocen a sus dueños y se alimentan, hacen casi todo, por el simple instinto.

Eso no es lo más inquietante: Al momento de nacer, lo único que estos pececillos conocen, lo único que pueden recordar, es la sensación y la maravillosa experiencia del nacimiento.

Y cuando están comiendo, todo lo que conocen es el placer de las necesidades satisfechas, algo que yo imaginó como su máxima felicidad. El mundo siempre es nuevo y el presente es lo único que existe para ellos.

Cuando tienen hambre, lo único que pueden recordar es esa sensación de tristeza desesperanzadora que los humanos también podemos experimentar cuando sabemos que no hay nada para calmar el mordaz apetito.

Y al momento de la muerte, lo único que conocen, lo único que han vivido y que pueden recordar es ese momento angustioso, de soledad, incertidumbre y miedo que precede al final. Lo único que saben es que la vida se les va.

Sólo eso, la sensación de un pez al momento de morir
. Nada más existe o existió para ellos, ni ha existido jamás.

Contrapunto.- Peces Payaso, siempre regresan a casa.